VIA CRUCIS

Oración para el comienzo

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Señor mío Jesucristo, que me invitas a tomar la Cruz y seguirte, caminando Tú delante para darme ejemplo, ilumina mi alma con la luz de tu Gracia para que pueda meditar fructuosamente tus pasos dolorosos y aprenda a seguirte con decisión y coraje.

Madre de los dolores, inspíranos los sentimientos de amor con que acompañaste en este camino de amargura a tu divino Hijo. Amén.

Primera estación: “Jesús es condenado a muerte”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua.” (Jn. XVIII, 28)
En el olvido de los que te seguían, en el bochorno de los que te insultaban y en esa ignominia de tu condena estaba yo. Estaba presente yo, con mi afrenta, con mi pecado, con mi condena.
Señor Jesús: que la ignominia de tu condena, por tu amor y tu misericordia, te lave de mi propia ignominia. Amén.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Segunda estación: “Jesús con la cruz a cuestas”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota.” (Jn. XIX, 16-17)
Mi Dios y Señor cargado con la cruz. Tú, el santo, el tres veces santo, el misericordioso y bondadoso, el Dios eterno, inmutable y perfecto, ahora cargado con el peso de la cruz.
Señor, en el peso de esa cruz están también mis pecados. Señor, ese día horrible en que le pedías al Padre que, si era posible, pasara de ti ese cáliz, en ese día horrible, en medio del peso de la cruz, me estabas mirando. Yo estaba ahí, Señor, y el peso de tu cruz me salvó de mis pecados.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Tercera estación: “Jesús cae por primera vez”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará».” (Mt. XVI, 24-25)
Señor Jesús, el peso de nuestros pecados te doblega y caes por primera vez. Y estaban presionando sobre tu cruz mis pecados. Quizá cuando, por primera vez, tuve conciencia de que pecaba; es decir, que te afrentaba; es decir, que te crucificaba a ti, el inocente, el Dios bondadoso y puro.
Señor Jesús: que por los méritos de ésta, tu caída, se borren todos los pecados de mi niñez, de mi adolescencia, de mi juventud; pecados que hice por debilidad y por miseria, los pecados que hice por ligereza, frivolidad y tontera.
Señor Jesús: que esta caída me libere de la prevaricación primera.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Cuarta estación: “Jesús encuentra a su Madre”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Él les responde: « ¿Quién es mi madre y mis hermanos?» Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».” (Mc. III, 33-35)
Ibas arrastrando la cruz rodeado de la turba que te humillaba, o por curiosidad te miraba. En un momento, en un instante, los ojos llorosos y vidriosos, el sudor cubriéndote el rostro, la sangre de la corona de espinas corriendo por tus mejillas, cubierto en polvo levantabas caminantes que te rodeaban, en un momento levantaste los ojos y te encontraste con los ojos de tu madre. ¿Qué habrá sentido la Santísima Virgen al verte así, destrozado y humillado? ¿Qué habrá sentido tu corazón de hijo al encontrarse con los ojos de tu madre? María pasaba a ser, ahora y para siempre, madre nuestra.
Virgen Santísima: que por los méritos del dolor inmenso con que viste a tu hijo crucificar, me ayudes a seguirlo a él en los pasos de la cruz. Virgen Santísima: que tu misericordia de Madre me ayude a soportar la cruz, ahora y en la hora de mi muerte. Amen.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Quinta estación: “El Cireneo ayuda a llevar la cruz”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo,  a que llevara su cruz.” (Mc. XV, 21)
Señor Jesús, el Cireneo te ayudó a llevar la cruz, pero no lo hizo movido por compasión o por misericordia; lo hizo porque lo obligaron. Yo quisiera también transformarme en tu Cireneo, cuando pasas con tu cruz por las calles de mi ciudad, cuando en medio de la indiferencia de la gente quieres manifestar la Verdad de Dios y de tu Iglesia. Cuando eres humillado, insultado y negado por les hombres, mis hermanos, yo quisiera acompañarte con esa cruz.
Señor Jesús: ayúdame a cumplir en mí lo que falta a tu pasión. Ayúdame, que con mi testimonio, mi amor a los demás, mi comprensión, mi plegaria, haga posible que tu cruz tenga otros Cireneos.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Sexta estación: “La Verónica enjuga el rostro del Señor”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Así como se asombraban de él muchos -pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana-.” (Is. LII, 14)
Señor Jesús, avanzabas ya desfalleciente. Cada vez se hacía más insoportable el peso de la cruz en tus espaldas. Cada vez se hincaban más las espinas de tu corona en tus sienes. Ya casi no veías, tapados tus ojos por el peso del sudor y de la tierra, sanguinolentos y lacrimógenos. Tu lengua ya casi no podía moverse endurecida, sin capacidad de expresar nada. Desfalleciente ya y sin fuerzas, en medio del grupo que te seguía por curiosidad o para humillarte, y en medio de esas circunstancias, hubo un alma compasiva que corrió, empujó, se apretó, hasta que llegó a ti. Tú, seguramente, como Dios que eres, sabías quién era, y sabías que vendría. Pero en ese momento no la pudiste ver, ni reconocer. Tus ojos ya no miraban. Y ella, compungida, sólo atinó a sacar un paño que había preparado en su casa, y con ese paño intentó calmar el ardor de tu rostro compungido, y te limpió la cara.
No se sabe nada de esta mujer, sólo que se llamaba la Verónica. Vere -lcon, significa “el verdadero rostro”. Porque tú, en premio a su valentía, a su compasión, a su amor, dejaste grabado tu rostro en el lienzo con que ella limpiara tu cara.
Señor Jesús: Dame la fuerza de corazón para amarte, dar testimonio de ti en medio de los que te ofenden, de los que te insultan, de los que te siguen crucificando.
Señor Jesús: que cada día al caer de la tarde, en una pequeña plegaria, pueda yo también con un gesto de amor limpiarte el rostro.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Séptima estación: “Jesús cae por segunda vez”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas.” (Is. LIII, 5)
Señor Jesús, ya no te sostenías. Las fuerzas te abandonaban y, de nuevo, despiadadamente te aplastó por segunda vez el peso de la cruz. Y ahí estaban también mis pecados. No los pecados de debilidad y de miseria; estaban los pecados de malicia. Aquellos que difícilmente podrían perdonarse. Aquellos pecados que realicé con toda conciencia, con toda lucidez, sabiendo que profanaba algo, que quebrantaba algo, que rompía algo que era tuyo: la vida, la fama, el honor, la dignidad, no sé.
Señor Jesús: en esta segunda caída, por los méritos de los dolores de esta caída, líbrame de mis pecados de malicia.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Octava estación: “Jesús y las mujeres de Jerusalén”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Lo seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por Él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos.” (Lc. XXIII, 27-28)
Señor Jesús: me has dado la Gracia de contemplar tu pasión y tu muerte. Mi corazón se ha compungido considerando el dolor y el sufrimiento de tus heridas. Pero necesito otra compasión y otras lágrimas. Necesito, Señor, que me ayudes a tener el don de lágrimas por mis pecados, por mis miserias, por mis prevaricaciones; que me saques de la indiferencia, de la ligereza, de la frivolidad; que me hagas descubrir todo el hondo peso que significa no obedecerte, no oír tu palabra, negar tu verdad, tu camino y tu vida.
Señor Jesús: ayúdame a llorar por mis pecados, a sentir hondamente el peso de la injusticia y, desde mis lágrimas, que aprenda a convertirme, a arrepentirme, a amarte.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Novena estación: “Jesús cae por tercera vez”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“¿Pues qué gloria hay en soportar los golpes cuando habéis faltado? Pero si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas.” (I Ped II, 20)
Señor Jesús, lentamente y cada vez con más dificultad, estabas llegando al final de este camino de cruz. Una vez más ibas a desplomarte. Una vez más la cruz golpearía pesadamente sobre tus hombros. Una vez más las espinas de tu corona se hincarían con más fuerza. Las heridas que iban abriéndose en tu rostro mostrarían con mayor fuerza tu sangre. Te desplomabas ya sin fuerzas, agobiado, fatigado, cansado, sin palabras en tu boca, sin visión en tus ojos. Eras ya una afrenta total. Eras ya una caricatura de hombre. Y ahí estaban, Señor Jesús, en esa caída sangrienta, cruenta, bochornosa, las miserias y los pecados de todos los hombres, de toda la humanidad y de todos los tiempos. ¡Cómo no te ibas a desplomar con ese peso y esa carga! Estaban pesando fuertemente en tu cruz todas las traiciones, todas las calumnias, todas las infamias, todas las corrupciones, todas las prostituciones, todo el infamante uso del poder, toda la indignidad, toda la agonía del hombre corrompido y vilipendiado. Ahí estaba, Señor, pesando sobre tu cruz. Tú ya no dabas más con todo ese peso de corrupción, de miseria y de pecado.
Señor Jesús: yo quisiera acercarme hasta ti en este momento de tu cruz. Yo quisiera poder ayudarte. No sé cómo hacerlo, pero quizá tú me permitas la Gracia de rezar, simplemente rezar. Rezar, ya no por mis pecados; rezar por los pecados del mundo. Asociar esta pequeña y miserable plegaria mía a los méritos del peso de tu cruz y de ésta, tu tercera caída, y que entonces, mi plegaria tenga fuerza para convertir en perdón y misericordia, lo que tenía que ser ira y justicia divina.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Décima estación: “Jesús es despojado de sus vestiduras”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Puedo contar todos mis huesos; ellos me observan y me miran, repártense entre sí mis vestiduras y se sortean mi túnica.”  (Sal. XXII, 18-19)
Señor Jesús: todavía quedaba este bochorno y esta humillación. Tú, el Dios omnipotente, el Creador y Señor de todas las cosas; tú, el que habías hecho posible la creación del universo y del hombre; dueño y Señor omnipotente, generoso, infinito, eterno, eras despojado de todo y quedabas humillado a la vista de la turba que te rodeaba, desnudo y sin nada.
Señor Jesús: enséñame a despojarme de todos los requerimientos que mi espíritu y mi sensibilidad me piden. Enséñame a desnudarme en tu presencia de todas las cosas innecesarias que no me dejan caminar los caminos de tu cruz. ¿Cuántas cosas he querido y no se dieron? ¿Cuántas veces me irrité por no tener lo que quería? Y sigo, a pesar del tiempo y de las experiencias, buscando cosas, queriendo cosas, siguiendo cosas.
Señor Jesús: enséñame a despojarme, enséñame a renunciar, enséñame a saber que aun sin tener tengo, cuando te tengo.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Undécima estación: “Jesús es crucificado”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.” (Lc. XXIII, 33)
Estás crucificado en medio de ladrones; hubieses merecido otro fin y otro trato.
Señor Jesús: te contemplo con las manos pegadas por los clavos al madero, con los pies fijados sobre el pequeño banquito adosado a la cruz para que te apoyes. Con la cabeza a un costado, luciendo todavía tu corona de espinas. Tú que, como Dios, eres capaz de tener dominio sobre todas las cosas, has sido fijado, inmovilizado, por la crucifixión y por la muerte; y, sin embargo, a partir de allí atraerás hacia ti todas las cosas.
Tu muerte será como una fuerza misteriosa que caerá sobre el corazón y el alma de todos los que quieran mirarte como el Hijo de Dios crucificado, y tu muerte los atraerá hasta la cruz para salvarlos.
Señor Jesús: yo quisiera en este momento estar junto a ti, en la cruz. Quisiera reemplazar a alguno de esos malhechores. Yo también soy un malhechor, y quisiera, en vez de blasfemar e insultarte, decirte como el otro buen ladrón: “Señor Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino.”

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Duodécima estación: “Muere Jesús”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? ¡Lejos de mi salvación la voz de mis rugidos!” (Sal. XXII, 2)
Señor Jesús: todo se ha consumado. El plan del Padre se ha cumplido ahora, desde la ignominia de tu cruz. Tú, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, el más bello de los hijos de los hombres, vas a ser glorificado. Y glorificándote a ti, glorificarás al Padre, porque tú y el Padre son la misma cosa.
Señor Jesús: en ésta, tu muerte, en que eres glorificado, yo quisiera pedirte que me atraigas hacia ti, en mi muerte. Quisiera que en mi muerte me glorifiques. Pero para eso tengo que morir contigo y en tu cruz.
Señor Jesús: tú que dijiste que atraerías hacia ti todas las cosas cuando fueras elevado en alto, atráeme hacia ti en el momento de mi muerte, y que pueda morirme reconociendo que eres el Dios, el Salvador, el Redentor.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Decimotercera estación: “Jesús es bajado de la cruz”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».” (Jn. XIX, 36-37)
Señor Jesús: yo quisiera pedirte que me dieras la compasión serena de aquel José de Arimatea que llegó hasta la cruz, te bajó y te preparó con vendas y lavajes para la sepultura. Cuántos miserables pasan a mi lado crucificados en su dolor, en su soledad, en su miseria.
Señor Jesús: yo quisiera pedirte me que dieras la Gracia de la compasión y de la misericordia. Que pudiera estar al lado de aquellos crucificados en su dolor y en su miseria, para ayudarlos a bajar de la cruz, sepultarlos, y de esta manera, prepararlos para la resurrección. Señor Jesús, dame misericordia. Señor Jesús, dame compasión.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Décimo cuarta estación: “Jesús es sepultado”

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar.” (Jn. XIX, 40)
Señor Jesús: te han depositado en un sepulcro nuevo que, hasta ese momento, no se había usado. Allí resucitarás. Yo quisiera pedirte, Señor Jesús, desde mi bautismo, por el que me has sepultado contigo, que me des la Gracia de la resurrección. También yo, cuando te recibo en mi corazón, después del arrepentimiento y la confesión de mis pecados, vuelvo a ser un sepulcro nuevo que nadie ha profanado con su presencia. Yo también, con mi conversión y el dolor de mis pecados, puedo hacer que mi corazón se libere y renazca a la novedad del misterio de la Gracia y, entonces, recibirte a ti, Dios eterno, único y verdadero.
Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, quisiera pedirte que el pecado nunca te quite de mi corazón, y que por la fuerza del bautismo que me ha sepultado en tu muerte, pueda alcanzar la Gracia de la resurrección.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.